Subir una montaña
- Mónica Velázquez
- 24 abr 2025
- 4 Min. de lectura
“Ni se te ocurra mirar atrás”, me dijo la montaña la última vez que, por necesidad, me vi convocada a subir al altar del Tepozteco. Sentía ganas de ir a agradecer lo caminado y al llegar a la base del cerro para comenzar el ascenso, me sentí llena de gozo: emocionada porque podía estar ahí; conmovida por todo lo que había sucedido en mi vida desde la última vez que visité este altar; agradecida por tener un cuerpo suficientemente fuerte para sostener mis procesos, especialmente en ese momento, a los pies de ese gigante con mi corazón latiendo aceleradamente; anonadada por su magnificencia. Estas cosas no siempre fueron así, quiero decir que la mayoría de las veces subí a varios cerros y montañas, caminé por bosques y senderos, visité cascadas, ríos y mares, sin tener el criterio de poder discernir lo que sucede en realidad cuando uno visita esos lugares.

Mi primera enseñanza llegó sin siquiera ser percibida, en ese volcán que llaman “La Malinche”, donde conocí el miedo a la muerte, el enojo y la tristeza profunda. En esos momentos yo atravesaba por una separación que había resultado bastante desastrosa y con la cual mi corazón se secó. No lo sabía, pero algo como un hielo crecería en mi pecho hasta hacerme olvidar por completo cómo alguien podía amar. Me volví cruel y cínica, me dediqué a vivir en la voracidad del sexo que nunca encontraba saciedad ni comunión posible. Ese día de subida, sin embargo, yo desconocía que ese proceso estaba por empezar, la puerta de la oscuridad comenzaba a abrirse y yo caminaba hacia ella sin percatarme; en mi inmensa soberbia caminaba hacia mi profundidad sin ningún tipo de conciencia. Comencé el ascenso y sentí un peso indescriptible, inmediatamente se apoderó de mí un enojo y una opresión que no había conocido nunca. Sentía reclamarle a la vida el ser tan pequeña, me empequeñecí aún más al notar que todos parecían subir con tanta facilidad menos yo, me autocompadecí en secreto. Me urgía decir: “ya no puedo más, soy muy pequeña, ya no quiero, no puedo con esto”, sin embargo, la tristeza estaba recubierta por el enojo y éste no la dejó asomarse, emergió, en cambio, el orgullo malsano. Ya en el arenal, justo antes de llegar a la cima, pensé en lo fácil que sería morir: “una distracción, una flaqueza y puedes morir”; “Qué débil eres”. Me di cuenta de que no estaba lista para dejar el mundo, no quería, tenía miedo, me sentía muy frágil. Sin la resistencia de ningún árbol, el viento me movía cual si fuera una hoja seca, tuve muchas ganas de llorar, pero no lo hice, mi enojo era superior y se apoderaba de mí: “nada importa, el amor no existe, todo da igual, no hay ningún propósito ni sentido superior”. Una cobardía disfrazada de desfachatez estaba naciendo.
El descenso fue igual o peor, ahí conocí a mi compañero de viaje al abismo: un hombre triste, cruel e igual de miserable que yo, del cual me enamoré profundamente. Quizás esa es la lección del amor en su forma oscura: aprender a amar nuestra sombra sólo cuando ésta es reflejada por aquella persona de nuestros afectos; eso que queremos cuidar, sanar, proteger, preservar, no viene siempre envuelto en pétalos de rosas. El amor es también la oscuridad del alma, no voy a entrar en tonterías pedagogizantes sobre la toxicidad y la responsabilidad afectiva. Los hechos son que los encuentros entre las almas resultan perfectos, aun cuando su medicina sea amarga como un veneno; pero esas experiencias duras sólo se transforman en sabiduría cuando somos lo suficientemente humildes para aceptarlas, en vez de explicarlas, justificarlas o tratar de entenderlas con la mente. Sólo cuando tenemos el valor de asumir las decisiones de nuestro caminar con una conciencia generosa y plena, podemos recuperar la autoridad en nuestra propia vida y asumir lo que ese camino nos enseña.
Llegando a la base sentí un gran alivio, inmediatamente busqué un lugar en el que acostarme, mi cuerpo estaba realmente sobrepasado, jamás sentí tanto cansancio, tanta impotencia, ni tanto dolor. Un sueño denso se apoderó de mí. Me desperté y no podía moverme, alguien se compadeció de mí y me llevó comida. Ignoraba, en ese momento, que la sabiduría del volcán me estaba obligando a mirarme: “observa tu enojo, mira lo que emerge cuando te esfuerzas”; “Ten humildad”; “No eres tan importante, la vida no te debe nada”; “Acepta que toca caminar este camino”; “Acepta lo que tú misma decidiste”. Sin embargo, en ese momento, todas esas medicinas fueron ignoradas. Está bien, así tocaba, eso era lo que yo alcanzaba a comprender entonces. Pasaron muchas cosas, el tiempo se fue acomodando y me dio la oportunidad de regresar a ese hermoso sitio una vez más. La subida y la bajada tuvieron otro rostro y sólo en ese regreso al volcán pude comprender todo los regalos que Matlalkweyeh me había ofrecido la primer vez que la visité. El tiempo es también una medicina.

Subir una montaña no es un proceso que pueda ser absorbido únicamente como un esfuerzo físico, subir una montaña es un aprendizaje total que a veces trae dolor y otras recuperación y fuerza. A veces la montaña nos castiga y esa es su medicina, si sabemos observar, si somos lo suficientemente humildes para aceptar lo que corresponde, para saber que tan importante es subir, como bajar, que no todo es la claridad de la cima, ni el esfuerzo del ascenso, que a veces es calma y paciencia, otras fortaleza y determinación, algunas es poder. Regreso al altar del Tepozteco, siendo una muy otra, ¿cuántas vidas tenemos en una misma vida? Este ascenso estuvo lleno de presencia y un sentimiento de devoción y redención ante la vida, quizás no siempre sea así, pero esta vez lo fue y lo recibo alegre. Al llegar hasta arriba, no pude contener el llanto y me hinqué con un corazón tremendamente agradecido, ahí lloré no sé por cuánto tiempo ni sé por qué razones. “Ni se te ocurra mirar atrás”.



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